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      Crónica de la Obra de los Misioneros Capuchinos en Santo Domingo con motivo de los 25 Aniversarios.



    La Obra de los Misioneros Capuchinos Santo Domingo, por Fray J. B.


    Celebrándose en el presente año el XXV aniversario de la erección canónica de nuestra Mi¬sión Capuchina en la República Dominicana, va¬mos a hacer un somero balance de la labor rendi¬da en este lapso de tiempo por nuestros benemé¬ritos hermanos.

    Para ellos será de justa satisfacción, y para todos, motivo de estímulo para cooperar más in¬tensamente a tan santa obra.

    En el orden material restauraron la iglesia de las Mercedes, donde se venera la Patrona de la Repu¬blica, regalo de Isabel la Católica: revoques de mu¬ros; magnífico alicatado de azulejos de Triana; espléndido pavimento de mármol; altares nuevos; artísticas imágenes de la Di¬vina Pastora, San José, Inmaculada, N. P. S. Francis¬co; un apostolado de cuerpo entero y tamaño natural en pintura; varios cua¬dros de valor, en¬tre ellos el del Bto. Diego de Cádiz y el de la Vir¬gen de Altagracia; un sagrario y cus¬todia, ambos de plata repujada de mas de un metro de altura; frontal, gradas y manifes¬tador de plata, para terminar el altar mayor que estaba incompleto; andas de plata para la procesión de la Patrona; gran can¬tidad de ricos or¬namentos y vasos sagrados; la edificación de la Residencia y del Colegio, etc. etc. ha sido la obra material de nuestros religiosos en torno a este histórico templo, que nos recuerda la fe y las glorias españolas.

    Cosa parecida, aunque en menor escala, han hecho también en las iglesias de S. Carlos, de San Lázaro, del Carmen y de Santa Bárbara de la misma capital, así como en las parroquias de La Romana, Montecristi y Barahona.

    En Santiago de los Caballeros edificaron la iglesia con una hermosa torre y la casa para vivienda. En S. P. de Macorís levantaron un amplísimo templo de estilo ojival no puro, que es una ba¬sílica, con más de veinte vidrieras policromadas, que envuelven al sagrado recinto en un ambiente de suntuosidad y espiritualismo, sugeridor de las más dulces emociones. Las obras de la iglesia al llegar los Padres estaban ya comenzadas.

    En el orden es¬piritual adminis¬tran siete parro¬quias: la de Macorís con mas de cin¬cuenta mil almas, digna de ser ele¬vada a sede episcopal; sostienen un culto espléndido en todas ellas y además el de al¬gunas otras igle¬sias, sobre todo el de las Merce¬des, que compite en movimiento re¬ligioso con el de las iglesias mas celebres de Espa¬ña. Solo los cultos eucarísticos sema¬nales merecerían una larga reseña.

    En el poblado de Bayahibe, con la cooperación de Monseñor Nouel, construyeron una preciosa ermita de¬dicada a la Divina Pastora, única iglesia para el ser¬vicio de los fieles que viven en aque¬lla hermosa playa. Mensualmente iban los Padres para ejercer el sagra¬do ministerio.

    Dirigen varios centros de la Venerable Orden Tercera Fran¬ciscana, más de treinta hermandades, entre las que descuellan la de la Divina Pastora, Alta Gracia, Asociación Eucarística de la Hora Santa, Animas Benditas, Pía Asociación de S. Antonio, fervorosos de la Virgen de las Mercedes etc.

    Han predicado la palabra divina en casi todos 1os pueblos de la Archidiócesis; acompañan al Prelado en la Visita Pastoral, encargándose de preparar a los fieles para recibir los Santos Sacramentos y asesorándole en la resolución de los asuntos difíciles que se presentan; llevan el mo¬vimiento y la orientación de la Acción Católica; sostienen numerosos centros de catequesis; asis¬ten a los hospitales y particularmente al de Ma¬corís, que es uno de los mejores de la República.

    Su celo par la salvación de las almas les lleva periódicamente a visitar los campos, donde cele¬bran típicas funciones, enseñan la doctrina cris¬tiana, asisten a las bendiciones matrimoniales y bautizan a párvulos y adultos.

    Hay ocasiones en que viene un campesino buscando al Padre para asistir a un enfermo. EI viaje en los primeros años había que hacerlo a pie o a caballo; hoy a veces se hace en auto. El Padre tiene que llevar consigo cuanto es necesa¬rio para administrar los sacramentos que puede el sacerdote; pues se da el caso de ser cristiana la mujer y de no estar bautizados el marido en¬fermo, ni los hijos. Tiene que empezar el misio¬nero por bautizar al moribundo y a sus hijos, con¬fesar a la mujer, casarlos, administrarles la Sa¬grada Comunión y dar al enfermo los Santos Oleos.

    Copiando las celebres procesiones de Sevilla, acostumbran sacar por las calles en hermosos pa¬sos algunas veneradas imágenes durante la Se¬mana Santa, y para su fiesta después de la fun¬ción matutina, a la que asiste el Presidente de la República y su gobierno, la procesión de Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona de Santo Domingo.

    Después de un éxito moral, conseguido en varios años con la del Corpus, el Sr. Arzobispo declaró que la procesión oficial de tan grandiosa fiesta saliese anualmente de nuestra Iglesia de las Mercedes con todo el aparato de la Catedral.

    También es digna de notarse la procesión de la Inmaculada a cargo de las Hijas de María y el Mes de las flores, que suele ser un verdadero acontecimiento por el fervor religioso, asistencia de fieles y forma poética con que se celebra.

    He aquí el cuadro del último día que presen¬ciamos en el 1925. Toda la planta del Altar Ma¬yor estaba convertida en precioso vergel, cuaja¬do de flores. En el centro se destacaba el trono la Inmaculada Concepción. Coros de niños de cuatro a seis años, vestidos de gasa y alados, se dedicaban a espigar las flores y a tejer visto¬sos ramos, los cuales a cada plegaria del pueblo los iban depositando uno a uno en el trono de la Virgen, conservando también en sus manos o so¬bre sus brazos alguna guirnalda y permaneciendo ya quietos junto a la imagen, mientras los otros continuaban la misma escena por riguroso turno.

    Al terminar el ejercicio, todos los niños envueltos en flores, como angelitos del cielo, for¬maban el escabel de la Inmaculada y cantaban armónicamente: Adiós, Reina del cielo, -Madre del Salvador; -Adiós, Madre adorada,- Adiós, adiós, adiós.

    La caridad de nuestros misioneros para los pobres y desvalidos es proverbial, pues todo lo que tienen lo reparten largamente a manos lle¬nas. Bien lo manifestaron en aquellos aciagos días en que la capital dominicana fue víctima del más furioso ciclón conocido. EI viento huracana¬do por dos veces y durante varias horas batió a la ciudad, convirtiéndola en un montón informe de ruinas. Los tejados con su armadura eran lanza¬dos a doscientos metros; las ventanas, los muros y manzanas enteras de casas caían con estruen¬doso ruido; las calles y las plazas casi desaparecieron y un confuso vocerío de aves y lamentos contagiaba de dolor y pánico al corazón más invicto.

    Ante aquel espectáculo tristísimo y desolador, sombreábase el pardo sayal capuchino, y el heroico misionero con los ojos arrasados en lágri¬mas y con el corazón encogido por las emocio¬nes, tenía fuertes sus brazos para arrancar de los escombros a los heridos y mandarlos a los hospi¬tales, para administrar la Santa Unción a los mo¬ribundos y prodigarles palabras de consuelo, para extraer a los muertos y darles cristiana sepultura.

    Después, dando todo cuanto tenían los misio¬neros, nuestras iglesias, que quedaron de pie, fueron verdaderos hospitales, y por varios me¬ses, viviendas de los que el trágico infortunio redujo a la mayor orfandad.

    En el orden intelectual fundaron a su llegada a Sto. Domingo el Colegio de La Divina Pastora, junto a las Mercedes, donde se han educado cen¬tenares de jóvenes que hoy son verdaderas emi¬nencias de la República.
    También instalaron otro Colegio en Santiago de los Caballeros, el cual por disposición de la Curia diocesana se ha convertido en parroquia, cedida a los Capuchinos.

    Con el objeto de formar futuras madres cris¬tianas llevaron de España los misioneros a las religiosas Terciarias Franciscanas de los Sagrados Corazones, que en los distintos Colegios que han establecido, educan a millares de niñas en el santo temor de Dios y les dan una esmerada ins¬trucción de segundo grado.

    Además de varias hojitas parroquiales, edita¬ron el periódico Dios y Patria, hasta que en el año 1930, el horrible cic1ón devastó nuestras Ca¬sas, destruyendo la imprenta.

    Por lo que respecta a la música, en un princi¬pio fue conveniente y hasta necesario formar una banda y hubo que enseñar a los muchachos desde el solfeo hasta el mecanismo de los instrumentos, con magnifico resultado.

    Para los cultos de la Iglesia fue preciso or¬ganizar sin demora una capilla y su orquesta, en las cuales el R. P. Venancio de Ecija desplegó todos sus conocimientos musicales y derrochó las energías de su juventud. Hoy el P. Atanasio de C. Vega, perito en el arte musical sagrado, no sólo continua esta difícil labor, sino que ha conseguido que los fieles, se puede asegurar que to¬da la masa del pueblo, tomen parte en los cantos del oficio divino.



    Carteles de gran tamaño suspendidos en las columnas del templo sirven de guía, para que sin otro aviso sepan los fieles lo que deben cantar.

    El R. P. Cipriano de Utrera ha publicado, en¬tre otros trabajos, las siguientes obras:
    ¿Donde nació Colón? Estudio critico de dos hipótesis sobre su patria y cuna.-Santo Domingo Dilucidaciones históricas.
    La Catedral de Santo Domingo.
    Agustín Franco de Medina.
    La Familia de Máximo Gómez.
    Don Juan de Padilla Guardiola y Guzmán.
    EL Mapa más antiguo de la isla de Santo Domingo.
    Universidades de Santiago de la Paz y de Santo Tomas de Aquino y Se¬minario Conciliar de La Ciudad de Santo Do¬mingo y de la Isla Española
    San Pedro de Macorís. Conferencia sobre su historia pa¬rroquial.
    Heredia. En memoria del Cantor de Niágara.
    D. Rodrigo de Bastidas.

    Ha escrito además varios textos, sobre todo de Geografía e Historia patria, para los Colegios de primera enseñanza. Dicho Padre es hoy un incansable investigador de archivos y una de las primeras autoridades en materia histórica de la República Dominicana y de Haití.

    Han sido Superiores Regulares de la Misión, gobernándola en nombre del P. Provincial de Andalucía, el M. R. P. Pedro de Castro, su her¬mano el M. R. P. Francisco de Castro y el muy M. R. P. Leopoldo de Ubrique.

    Los tres con incansable celo, y cada uno en su estilo, han sido verdaderas columnas para soste¬ner el espíritu y prestigio de la Misión, dejando de sus mandatos imperecederos y gratísimos re¬cuerdos.

    Actualmente hay allá quince sacerdotes, mas los hermanos legos. Les ayudan algunos elementos seglares, sobre todo para la catequesis, en la que son peritísimos maestros.

    La Misión ha sido visitada canónicamente dos veces. La primera el año 1918 por el M. R. P. Pedro de Castro, y la segunda en 1924 por el M. R. P. Juan Bautista de Ardales.

    Su Santidad Pío XI, para recompensar los trabajos apostólicos del M. R. P. Juan E. de Utrera, lo nombró Misionero Apostólico; y Mon¬señor Nouel, Arzobispo de Santo Domingo, con¬firió el titulo de Canónigo honorario de la Cate¬dral Primada de América al mencionado Padre y al M. R. P. Francisco de Castro. Este último acompañó también como Secretario al Sr. Arzobispo cuando fue Legado Pontificio a la Isla de Cuba.


    Ciertamente que nuestros misioneros han tra¬bajado denodadamente y con gran desinterés por la salvación de las almas, por el progreso y pros¬peridad de la Iglesia y del pueblo dominicano; pe¬ro también es verdad que Monseñor Nouel ha sido un padre cariñoso y generosísimo para los Ca¬puchinos; las autoridades civiles nos han querido y han secundado nuestra labor; las puertas de los dominicanos han estado abiertas para los misio¬neras y nunca, podemos asegurarlo, nos faltó 1a correspondencia y cooperaci6n de los hidalgos aborígenes de la Española.

    Buena prueba nos ha dado en esta ocasión el Canónigo, Monseñor Eliseo Pérez, Admi¬nistrador Apostólico, a quien enviamos la expre¬sión mas viva de nuestra gratitud, extensiva a las autoridades civiles, al pueblo dominicano y a to¬das las entidades, que han tomado parte en las so¬lemnes fiestas de las Bodas de Plata de nuestra Misión


     
         


     
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